viernes, 26 de febrero de 2010

EL NIÑO YUNTERO (MIGUEL HERNÁNDEZ)

Carne de yugo, ha nacido más humillado que bello, con el cuello perseguido por el yugo para el cuello.
Nace, como la herramienta, a los golpes destinado, de una tierra descontenta y un insastisfecho arado.
Entre estiércol puro y vivo de vacas, trae a la vida un alma color de olivo vieja ya y encallecida.
Empieza a sentir, y siente la vida como una guerra, y a dar fatigosamente en los huesos de la tierra.
Contar sus años no sabe, y ya sabe que el sudor es una corona grave de sal para el labrador.
Trabaja, y mientras trabaja masculinamente serio, se unge de lluvia y se alhaja de carne de cementerio.
A fuerza de golpes, fuerte, y a fuerza de sol, bruñido, con una ambición de muerte despedaza un pan reñido.
Cada nuevo día es más raíz, menos criatura, que escucha bajo sus pies la voz de la sepultura.
Y como raíz se hunde en la tierra lentamente, para que la tierra inunde de paz y panes su frente.
Me duele este niño hambriento como una grandiosa espina, y su vivir ceniciento revuelve mi alma de encina.
Le veo arar los rastrojos, y devorar un mendrugo, y declarar con los ojos que por qué es carne de yugo.
Me da su arado en el pecho, y su vida en la garganta, y sufro viendo el barbecho tan grande bajo su planta.
¿quién salvará a este chiquillo menor que un grano de avena? ¿De dónde saldrá el martillo verdugo de esta cadena? Que salga del corazón de los hombres jornaleros, que antes de ser hombres son y han sido niños yunteros.
(viento del pueblo)

miércoles, 24 de febrero de 2010

SENDEROS...SEVILLANAS QUE LLEGAN AL ALMA

DESPIERTA VILLAMANRIQUE

Mientras los pueblos cercanos a nuestra capital, Sevilla, andan reclamando justa y necesariamente su derecho al desarrollo y al progreso, exigiendo motores de desarrollo local para sus pueblos como por ejemplo los trenes de cercanías, el metro, etc. que sin lugar a duda, a parte de su desarrollo como entidades locales generarán calidad de vida para sus ciudadanos, aquí, en este rincón del sur, en esta denostada, oculta, reprimida y castigadas Doñana sevillana, uno de los lugares de la geografía española con más trabas y cortapisas al desarrollo de los pueblos, concretamente en este de donde os escribo, Villamanrique de la Condesa, donde el tren del progreso lo tenemos cancelado de antemano por parte de la Junta de Andalucía con la connivencia de ecologistas, protecciones y otros muchos subvencionados que en su día se apuntaron al negocio puro y duro del ecologismo radical, de despacho y remunerado que ahoga a nuestro pueblo y silencia la voz del manriqueño, poco acostumbrada a la protesta y a la sublevación.

Si los pueblos vecinos se benefician de estos medios como digo, SE-40, metro, cercanías, etc., aquí, arrinconados, los manriqueños protestamos y criticamos por detrás, por la espalda, como si de cobardes se tratara, el arreglo de, sí, un camino rural sobre el papel pero carretera con todos sus pros y sus contras para el manriqueño que asiste dolido como, desde el 28 de diciembre pasado (premonitoria fecha la del día de los Santos Inocentes), a como el temporal de lluvias se ha llevado por delante un tramo de bastante importancia de la carretera que nos une con El Rocío, sin que hasta la fecha se sepa nada a cerca de su reconstrucción.

Se achaca al mal tiempo la demora de su construcción. Sospechoso.

Más tarde que el derrumbe por las aguas de esta nuestra carretera cortada, por poner un ejemplo más que evidente, ha sido la que une Bollullos con Almensilla, y según las últimas informaciones, está prácticamente solventado su arreglo. Aquí no.

Con cautela se tiene silenciada a la voz del pueblo por si acaso, mientras se anda “mendigando” y suplicando por los despachos su arreglo siempre y cuando las voces, que las hay, de ecologistas y reaccionarios se oponen a su reconstrucción.

Un día nos levantamos sin carretera, hace ya casi dos meses, y así seguimos, callados, mudos, acobardados y dormidos sin levantar los ciudadanos la voz no vaya a ser que , con los tiempos que corren, como decimos en nuestro pueblo, Villamanrique, nos señalemos y aquí, por suerte o por desgracia nos conocemos todos, y no vaya a ser que….

Hace poco se presentó en nuestro pueblo un libro a cargo del cronista oficial de la Villa, D. José Zurita, titulado “Despierta Villamanrique”…

Parece que aquí no nos aplicamos el cuento y seguimos esperando a que alguien nos saque las castañas del fuego mientras seguimos todos en nuestro letargo.

Va a resultar verdadera la frase que escuché un día referente al manriqueño de que “aquí no nos juntamos ni pa cantá”... Para darle al pico por las tabernas y las esquinas sí.

Así luego y ahora, nos luce el pelo a los manriqueños, que parece que estamos en tiempos en los que alzar la voz, aunque fuese para algo tan justo y tan noble como para reclamar lo nuestro, fuese motivo o justificación para lo que aquí, los manriqueños, estamos tragando sin signos aparentes de que esto cambien lo más mínimo.

Ahora es tiempo, de una vez por todas de que Villamanrique, sí despierte para siempre.
http://www.youtube.com/watch?v=a0fjuWBxsEo

lunes, 7 de diciembre de 2009

JUICIOS PARALELOS

Hay ocasiones en los que es más conveniente el no decir nada con tal de no señalar a nadie y evitar así, ya no sólo la confusión del personal, de la gente, sino que también evitar así juicios paralelos, al margen de la legalidad que después tienen el inconveniente de, aparte de no ser verdad, el de dejar a los pies de los caballos a cualquier persona sin presumirle tan siquiera, el beneplácito de la duda.
Recientemente, en casi todos los medios de comunicación, se dio por echo que, una menor había sido más que menos asesinada a manos de la pareja de su madre.
Bien es cierto que el caso no iba a ser, desgraciadamente, ni el primero ni el último que se produce, pero lo que no es tolerable y como después se ha demostrado, este señor resulta que ni tocó lo más mínimo a la menor y que todo fue debido a un fatal accidente.
Casos tan desgraciados como este están siempre presentes, porque tendemos a dar por echo algunos acontecimientos de lo más espantosos que se nos puede venir a la cabeza sin tan siquiera esperar, como debiera ser normal, a que la justicia o alguien autorizado y con todas las pruebas en la mano, pueda dar fe de todo lo que ha ocurrido para, con esas pruebas, ser rotundo al afirmar noticias tan drásticas como estas.
Como padre, como después se ha sabido que este hombre tinerfeño no ha tenido nada que ver con la muerte de la hija de su compañera, ¿con qué cara sale uno ahora a la calle después de haber sido señalado por todos?, ¿cómo se cuantifica ese daño que se le hace a un inocente que encima tiene la tragedia ya de por vida de no tener a la hija de su pareja con ellos?,¿quién es el culpable de que estas noticias no se contrasten y se den por echas desde el más absoluto de los desconocimientos?.
Nuestra sociedad está abandonando el modelo de presunción de inocencia de una manera nada aconsejable y que todos merecemos, tal y como está contemplada en el código penal: todo el mundo es inocente hasta que no se demuestre lo contrario.
Porque sólo así podemos ser iguales todos ante la ley, sin nada que nuble el esclarecimiento de la verdad, sin juicios de valores paralelos que acarrean tan nefastas consecuencias a quienes, en esos momentos, ven vulnerados sus derechos más fundamentales.
Ya está bien de basar nuestras informaciones en ejemplos más típicos de programas del corazón, influencias que están tomando algunos medios de comunicación y nosotros mismos, la sociedad en general, para hacer polvo la vida de las personas, como es este caso el del hombre de Tenerife, que ya no sólo vivirá con esa tragedia para el resto de sus días sino que además, tendrá que tener siempre en la memoria los días en los que fue portada en todos o casi todos los medios de comunicación que, inconscientemente, no contrastaron la noticia, haciendo a este hombre doble victima.

jueves, 19 de noviembre de 2009

LA SED DEL CAMPO

Anda la tierra reclamando, por la vía rápida y con urgencias el agua que este otoño le niega, privándola de lo que es normal por estos tiempos y que los cielos eluden entregarle.
Los surcos secos y áridos del campo, dudosos de si acicalarse para la siembra para la próxima primavera andan coscorrúos y secos, agrietados hasta la profundidad de la materia que, a este paso, pondrá en peligro nuestro día a día a no mucho tardar.
El agua tarda y el campo, consentido en su presencia ya en estos tiempos, cansado a veces en este noviembre de su generosidad y abundancia, andan más que escamados por lo que se avecina, que como esto no se arregle, la sed de ahora se convertirá en hambre de mañana.
Hasta los árboles vienen cojeando de sus ramas, que están menos verdes y apuntan con sus dedos de madera al cielo, reclamándole, tal vez a Dios esa impuntualidad de este año, este vacío de riego al que los tiene perpetuados, sin una gotita que llevar a sus marchitas hojas que ven pasar las nubes como el niño que ve pasar la tarta por su lado sin que nadie se digne a ofrecerle bocado.
Hasta los animalillos del campo presiente su falta y no hay animal campero, como los conejos o las liebres que salten lustrosos delante nuestra cada vez, como antes y como siempre, vamos en busca de los pocos tajos de mano de obras y de sudores que acojan nuestro esfuerzo a cambio de jornales.
Hablan de crisis.
De crisis financiera, del ladrillo, de los que venden coches, de los que venden de todo pero nadie se acuerda de quienes la crisis más acuciante que les embarga ahora y puede que mañana, depende simple y llanamente del agua que niegan las nubes y que, por ahora y parece ser que va para largo, se encuentran en esas nubes que corren por el celeste sin detenerse un simple segundo sobre los ya rasposos y agónicos campos que pretenden tan sólo un sorbo de su jugo.
Nadie se acuerda de que aquí está la base, la raíz, la gran despensa de nuestras bocas, que el ladrillo ni los coches se comen, que como siga el campo pasando sed pasaremos nosotros hambre, que se depende más de los frutos y de los jornales de su recolecta que de esa gran mentira en parte que nos venden de casas que no se venden, de bancos que no prestan y de consumidores que no consumen.
Miremos al cielo.
Y en cada buruñate de nubes que nos otean desde lo alto y que tan despreocupadas pasan y ni se detienen para decirle nada al campo, indiferentes transeúntes que descastadas de la tierra, en este noviembre que ya casi se nos marcha niegan el agua a quien muerto de sed les reclama el olvido al que este mal año les tiene condenado.
Lo que no saben las nubes es que no sólo la boca del campo es la que anda pediéndole cuentas y explicaciones, sino que son también las manos que ahora no tienen nada y, de continuar la cosa como se presume, la próxima primavera se podrá ver un numerito.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

MI ABUELO


Sus manos eran el campo al igual que su cara, donde los surcos dejados por los años, tenían la huella inconfundible dejada por el sol, el viento y la lluvia.
Una línea que se veía a simple vista se le notaba un poco más arriba de las cejas, que señalaba el punto exacto donde antes había una gorra que le servía como único escudo que se permitía para afrontar aquellas jornada de jornales en tiempos duros de posguerra.
Cada arruga de su cara era una tarea del campo, bien la siega con la hoz o la guadaña, bien la planta en la Isla del Arroz en aquellos años donde el hambre era compañera inseparable de las chozas y pocas casas del pueblo, o bien de cada hoguera de cisco o de carbón en posturas en esa Doñana que tantas bocas aliviaba en aquel tiempo que se había clavado sobre su cara.
Su piel tenía el mismo color que el de las aceitunas que quedan olvidadas en los olivos y que el sol se va encargando, poco a poco, de hacer que el verde se convierta en un moreno que ni es verde ni que es negro sino una mezcla entre los dos.
Las manos, acostumbradas a la briega de mulas, bueyes, márcula, espuertas y zerones, deformadas por el trabajo duro del campo, curtidas a base de esfuerzo y de trabajo duro sin embargo no habían perdido la capacidad para las tareas más delicadas, que también formaron parte de su trabajo.
Recuerdo como, cuando su mano me cogía la mía siendo yo un renacuajo, llevaban toda la delicadeza del mundo en cada callo que notaba en el dorso de la mía…
Alto y flaco cual Don Quijote hasta con caballo destartalado y enjuto, lo recuerdo como si fuera hoy cruzar la casa con él para llevarlo a la cuadrilla trasera que estaba en el corral de la casa, mientras mi abuela, acostumbrada ya al desfile diario por medio de la casa del animal, iba detrás con la escoba de palma seca por si acaso.
Hace treinta y un años que no lo veo, tendría yo apenas siete años.
Pero hoy, no se porqué, he vuelto a verlo, como si fuese ayer, como si nunca se hubiese ido…

MEMORIA

El tren que aniquiló su memoria hacía tiempo que había parado en su estación y había echo estragos, dejándola limpia e impoluta, cerrando a cal y canto puertas y ventanas que daban al aire fresco del mundo que delante de ella corría imparable.
Se le olvidó la vida, la anterior, la pasada, la vivida, y ya sus ojos nunca más fueron los de antes sino que tenían un poso de amargura y de ausencia que hacía, a simple vista, poder contemplar a otra persona, a alguien que habitaba en ella pero que, en realidad, ni era ella ni se la asemejaba.
Su pelo era la cal de las paredes de las casas de antaño, y como si de las montañas nevadas de Sierra Nevada se tratara, llevaba recogido detrás el roete que le daban la solemnidad de la tercera edad, aquella que se supone, es signo de conocimiento y de veteranía.
No renunció pese a la ausencia de recuerdos al aroma de un jazmín prendido en una horquilla tras la oreja derecha, único recuerdo que permanecía intacto como perduran las catedrales en las ciudades a lo largo de los años, y que resplandecía tan inmaculado que hasta parecía formar una flor confundida entre los hilos de nieve de su cabello.
Su cuerpo menudo y delgado era como una fantasma que recorría siempre sin rumbo la casa, haciendo que, el rastrear de sus alpargatas rozándolas al andar por la casa, saber en todo momento dónde situarla.
Sus labios que antes habían sido portadores de amenas conversaciones y de mil anécdotas que los años habían escrito en su cuaderno de la vida se convirtieron de un día para otro en mudos testigos de todo un mundo interiorizado que no soltaba prenda de casi nada, como si todo cuanto a su alredor sucediera, estuviera pasándole a otra persona o como si no le incumbiera nada de lo que a su alrededor pasaba.
De vez en cuando, mientras que sentada en su mecedora vieja y desgastada se pasaba las horas y las horas tambaleándose en su balanceo continuo y cansino, marcando a golpe de tobillo dicho vaivén, canturreaba una casi inaudible canción parecida a una nada, que la hacía parecer como si entrara en trance.
Algunas veces, sin que nadie se diera cuenta en la casa, se marchaba a su cuarto y sobre la impoluta colcha que cubría su cama se sentaba, justo en el piquito que hace montaña en la almohada y se embelesaba en la fotografía que adornaba su mesilla de noche, en aquella en la que aparecía ella muchos años atrás, cuando su boda, junto al hombre que durante más de cuarenta años fue su marido.
La podías ver allí sentada moviendo los labios como hablándole a aquel retrato en blanco y negro, contándole todas sus inquietudes, sus miedos, sus alegrías, preocupaciones…, los mismos que a nosotros hacía tiempo nos negaba.
Así siguió bastantes años, regalándonos con su muda presencia un recuerdo que aún hoy en mi perdura, a pesar del tiempo transcurrido desde su marcha…
Desde entonces comprendí que la memoria es efímera, que se muere dos veces cuando se olvida, y por ello y aunque nos duela, de vez en cuando, es más que aconsejable rebobinar nuestro reloj del tiempo, para cuando el tren de la memoria se pare en nuestra estación no se venga causando estragos y borrándolo todo sin contemplaciones, llevándose al recobrar su marcha, ese tiempo pasado y que sin duda, fue tan hermoso…